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Sangrienta masacre en los Sabogales

sandinista Redacción Visión Sandinista
calendar_today 23 de febrero, 2026
schedule 4 min de lectura
Sangrienta masacre en los Sabogales
  • Captura y asesinato de Camilo, Apóstol de la Unidad Sandinista
  • Siete días de resistencia con bombas de contacto y armas de cacería
  • La guardia entró con tanques y batallones a la “operación limpieza0

Ese fatídico domingo, casi anocheciendo, un convoy de guardias somocistas se desplazaba lentamente por el entonces camino de tierra tras haber participado en la “operación limpieza”, desmotando barricadas y la resistencia de los pobladores del barrio Monimbó, Masaya, en la primera y espontánea insurrección contra la dictadura militar somocista, que inició el 19 de febrero y culminó con la masacre del 26 de ese mes de 1978, hace 48 años.

A fondo: Sobrevivió a la masacre en Los Sabogales

La insurrección estalló luego que mujeres de Monimbó vestidas de negro fueran reprimidas por la Guardia Nacional, tras oficiarse misa de mes por el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en una calle cercana a la Asamblea Nacional el 10 de enero de 1978. Los pobladores indignados se rebelaron y enfrentaron a Somoza y su guardia.

Camilo Ortega Saavedra

Camilo Ortega Saavedra

Un grupo de chavalos armados de bombas de contacto, piedras y palos lanzaron una lluvia de las temidas bombas artesanales sobre el convoy de soldados, provocando heridos y la ira de los guardias que desmontaron de los jeep y camiones disparando a lo que se moviera. Acordonaron la zona del barrio Los Sabogales, constituido entonces por endebles viviendas de madera y techos de palma.

A pocos metros del ataque se resguardaban tres jóvenes sandinistas en una de esas casitas, que servía de refugio al comandante Camilo Ortega Saavedra (nacido en Managua el 13 de diciembre de 1950) y a los combatientes Rito Moisés Rivera y Arnoldo Quant. Los guardias somocistas golpearon la endeble puerta acuñada con un trozo de madera.

Ante los gritos enloquecidos de los guardias para que abrieran, Camilo con mucha calma les dijo que solo se encontraban niños y estudiantes. Una andanada de patadas y golpes con las culatas de los fusiles Garand sobre la puerta fue la respuesta de los militares, creyendo que se ocultaban parte de los chavalos atacantes de la caravana.

Armando Quant Ponce

Armando Quant Ponce

En esa vivienda convivía una familia de dos mujeres campesinas; Natividad Martinez, madre de cinco niños y Ana Julia Picado, madre de cuatro, entre ellos el mayor, hijo de Natividad, Víctor Hugo Granados Martínez, de seudónimo “Carlitos”, quien desde los 9 años fue el correo del comandante Camilo. Él sobrevivió a la masacre junto a sus hermanos y primos corriendo hasta llegar a la comarca Pacayita.

Mientras los guardias destrozaban la débil casa, las mujeres corrieron con sus chigüines hacia unos potreros que daban a la puerta trasera. Desesperadas, escaparon entre chagüites y matorrales; en tanto, los guardias penetraron a la vivienda donde las únicas armas eran una pistola 9 mm y dos granadas de fragmentación. Otras armas y un radio de comunicación que resguardaban bajo una tijera (especie de cama elaborada de madera con una manta), entre ellos un lanzacohetes, los habían enviado a otro sitio, reveló a Visión Sandinista “Carlitos”.

La captura fue violenta, golpes, patadas preguntando quiénes eran. Estaban heridos y golpeados. Luego apareció un helicóptero y los trasladó a Managua, a la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), -donde al constatar que uno de los prisioneros era Camilo- fueron asesinados. Los cuerpos los retornaron a Los Sabogales, justificando que habían perecidos combatiendo contra la guardia de Somoza.

Rito Moisés Rivera

Rito Moisés Rivera

Carlitos recordó que, al ver la fotografía de los tres combatientes sandinistas en un diario de circulación nacional, lloró conmocionado. Los tres habían sido degollados con arma blanca, después de haber sido sometidos a crueles torturas por los agentes al servicio del dictador Anastasio Somoza.

Durante la “operación limpieza” las patrullas de la guardia realizaron una gran redada capturando a cuanto joven encontraran en sus casas, algunos fueron asesinados, otros guardaron prisión en la cárcel de Masaya, en el antiguo y desaparecido comando quemado en la insurrección final.

Por la mañana de ese día cayó combatiendo el joven dirigente estudiantil universitario y entusiastas deportista, Bosco Monge. Se encontraba desayunando en su casa junto a otros combatientes del Frente Estudiantil Revolucionario (FER), cuando escuchó el ruido de una tanqueta que se movilizaba en la cercanía en el Barrio San Miguel. Suspendió su comida, tomó un bolso con bombas de contacto y una pistola, y salió a enfrentar a los guardias, cayendo momentos después.

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