Las incursiones de un imperio en decadencia

Las incursiones de un imperio en decadencia

Fabrizio Casari (*)

El secuestro criminal del presidente de la República Bolivariana de Venezuela Nicolás Maduro, este 3 de enero, aunque puso en escena una demostración del poderío militar estadounidense (del que, por otra parte, nadie dudaba ni duda), presenta un balance final nada halagüeño para la Casa Blanca.

En primer lugar, la acusación de pertenencia al Cartel de los Soles resultó ser una completa mentira propagandística, ya que solo unas horas después de la llegada de Maduro a Nueva York, fue el propio Departamento de Estado el que anunció que la acusación quedaba sin efecto por la demostrada inexistencia de dicho Cartel y, por lo tanto, la imposibilidad de formar parte del mismo o incluso de estar al frente del mismo.

Por lo tanto, el Tribunal de Nueva York no podrá hacer otra cosa, en ausencia del delito, que liberar al acusado de ese delito. Además, la detención efectuada resultará ser un acto ilegítimo.

En forma, por haber violado la obligación constitucional de informar al Congreso de la operación militar, que solo el Congreso puede dar en ausencia de una emergencia nacional (y no había ninguna emergencia); en esencia, por haber violado el artículo y el párrafo relativos a la inmunidad de los jefes de Estado, de Gobierno y diplomáticos previstos en la Carta de las Naciones Unidas (art. 2, párr. 1), así como la prohibición de interferir en los asuntos internos (art. 2, párr. 7) y el principio de legítima defensa (art. 51), además de los artículos 9 y 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

El otro aspecto ilegítimo del sistema estadounidense es que la agresión se llevó a cabo con el asesinato de más de 40 miembros de la seguridad de Maduro y de los asaltantes que, según fuentes aún por verificar, parecen ascender a más de 50 en total. En definitiva, un desperdicio de recursos y vidas humanas basado en un ego hipertrofiado y caprichoso que decidió complacer al delegado del nido de víboras de Miami, al que todo se debe a cambio del pago de las deudas contraídas.

Si se pensaba que secuestrando a su legítimo presidente el panorama político venezolano entraría en el caos y que esto destrozaría todo el sistema político chavista, se equivocaron de cálculo. El mecanismo de sucesión, tal y como prevé la Constitución, se aplicó de inmediato y en lugar de Maduro, incapacitado para gobernar, está Delcy Rodríguez, que era su vicepresidenta y que, lejos de diseñar una arquitectura de poder diferente, representa la continuidad política, ya que ha compartido y apoyado todas las decisiones de Miraflores en estos años.

El sistema ideológico parece intacto y la propia estructura militar del país no ha sido modificada, salvo por la destitución del traidor en la cúpula militar y a la espera de las investigaciones aún en curso para determinar lo ocurrido la noche del 3 de enero en Caracas.

Lo de Caracas fue, técnicamente, una variante audaz de lo previsto en el manual de Gene Sharp y los golpes de Estado blandos, entendiendo por “blando” un derramamiento de sangre limitado. Pero, como ya ocurrió con las guarimbas en Venezuela, con la chusma golpista de 2018 en Nicaragua, así como con los intentos desestabilizadores en Cuba, el manual de Gene Sharp se revela como un manual perfecto para perder.

El nuevo recorrido

Con las anteriores administraciones demócratas, el mantenimiento del orden imperial se realizaba mediante la gestión de los conflictos y exhortando a la obediencia al sistema de reglas (que siempre ha sido el secreto mejor guardado), el cual reafirmaba en esencia el derecho del Occidente colectivo a la gobernanza mundial y el mando sobre la misma por parte de Estados Unidos.

El brazo militar encargado de garantizar la inmovilidad del escenario o su desplazamiento exclusivo hacia los intereses occidentales se asignaba a la OTAN, que con Biden se convirtió en un auténtico instrumento de penetración hacia el Este del dominio unipolar y en representante de la línea política y militar del Occidente colectivo.

Con Trump pueden identificarse dos novedades sustanciales en la concepción imperial de Estados Unidos. La primera es que ese “sistema de reglas” deja de ser el anclaje jurídico-político de las aventuras militares estadounidenses. Dado que implica también deberes hacia la comunidad internacional que se pretende representar y dirigir, obliga a respetar un marco de legitimidad que no puede prescindir de la participación de los 52 países que conforman el bloque occidental ni de la observancia —aunque sea débil— de los fundamentos jurídicos en la acción.

El miedo sustituye a la dialéctica política, archiva la escucha del otro deslegitimando de manera absoluta sus razones y establece la nueva sustancia sobre la cual deben basarse las relaciones internacionales.

En síntesis, a los Estados Unidos de Trump ya no les interesa fascinar ni seducir con su modelo; no existe ninguna intención de ponerse a la cabeza de los demás, sino únicamente la de ser alfa y omega del sistema de gobernanza internacional, que no debe definirse para proteger la convivencia y la seguridad de todos, sino para garantizar exclusivamente la seguridad y la primacía de los intereses estadounidenses sobre el conjunto del mundo. En cuanto a los medios para alcanzarlos, estos quedan a total discreción de Washington y no responden a ningún diseño de gobernanza compartida del planeta.

El uso de la fuerza sin reglas, ni reales ni ficticias, la exhibición incluso provocadora de la inutilidad del derecho internacional, su desprecio como simple cinturón de seguridad frente a las ambiciones de saqueo de los recursos ajenos con los que se intenta reequilibrar el desafío de China y los BRICS, constituyen contenido y forma de los nuevos Estados Unidos.

Además, Trump inaugura dos nuevos pasos: el primero es que el Occidente colectivo ya no existe. La supervivencia de la hegemonía estadounidense puede resultar más un obstáculo que una ventaja (como en el caso de Groenlandia) y, en cualquier caso, vuelve obsoleto el papel de apoyo tradicionalmente reservado al resto de Occidente, porque en el momento del ajuste de cuentas se necesitan alineados y no aliados.
Doctrina de intimidación global

Desde varios sectores se sostiene que precisamente en la cuestión de Groenlandia existe el riesgo de un conflicto entre Estados Unidos y Europa que destruiría la Alianza Atlántica, ya que se violaría el principio de defensa común frente a agresiones externas (artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte). Se afirma que incluso el presidente estadounidense desearía esa ruptura para reducir el gasto de mantenimiento de la OTAN y destinarlo directamente al presupuesto militar de Estados Unidos.

Pero las cosas no son así, y la aparente lógica de este razonamiento no tiene en cuenta otra lógica, mucho más sustancial que un simple ajuste administrativo de flujos de caja: los 32 miembros, a través del aporte del 5% del PIB de cada país, alimentan y engordan todo el sistema militar-industrial que actúa como motor de la economía estadounidense.

Más que en el deber y el haber, es en el plano estratégico donde la idea de abandonar la OTAN carece de sentido. La OTAN no es —ni ha sido nunca desde su nacimiento— un instrumento de defensa de Europa, sino un medio para llevar la amenaza militar estadounidense hasta las fronteras soviéticas primero y rusas después. Es el cinturón militar de seguridad que protege los intereses y la seguridad de Estados Unidos en la confrontación estratégica.

La OTAN es garante de la supervivencia de Estados Unidos, y no al revés. Ha sido y sigue siendo el único intento de mando militar unificado que se superpone al de los países miembros, los cuales quedan atrapados en una doble obediencia que reduce drásticamente su autonomía política, entregando a Estados Unidos la defensa de cada miembro, tanto en el plano táctico como estratégico.

Queda por ver hasta qué punto la doctrina de intimidación global de Trump logrará los efectos esperados. El posicionamiento estratégico de China y Rusia observa con interés las contradicciones abiertas entre europeos y estadounidenses, pero al mismo tiempo sabe que no puede permitirse nuevas provocaciones sin reaccionar.

El escenario que se abre parece señalar a China como el objetivo final de la agresividad del imperio unipolar, y será por tanto Beijing quien deba erigirse en una barrera infranqueable frente a los planes de desestabilización internacional destinados al saqueo planetario por parte de una administración estadounidense, que mira con creciente alarma unos datos económicos que oscilan entre lo preocupante y lo aterrador.

El riesgo es que las medidas adoptadas repetidamente para reducir progresivamente la influencia estadounidense en los mercados y en el sistema de intercambios globales ya no sean suficientes, y que incluso una aceleración adicional —como la puesta en marcha del yuan digital— resulte insuficiente sin un posicionamiento militar que la acompañe.

Un posicionamiento necesario para hacer entrar en razón a Estados Unidos y, sobre todo, para todos aquellos que desean situarse en el campo del multilateralismo, pero temen no estar adecuadamente protegidos frente a la reacción de un imperio en declive. El desafío de Trump es económico y militar, y la respuesta de Beijing y Moscú no podrá ser sino económica y militar, porque desde siempre solo la disuasión logra superar la arrogancia y la ausencia de razón.

(*) Periodista, analista político y director de Altrenotizie.org

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