Xavier Díaz-Lacayo Ugarte (*)
La historia de las intervenciones armadas de EEUU en América Latina está vinculada a la construcción de su poder hemisférico desde el siglo XIX. No han sido hechos aislados, sino parte de una doctrina geopolítica sistemática que fusiona religión, racismo, política y poder, justificada discursivamente para defender seguridad, democracia, estabilidad, lucha contra el comunismo y hasta contra el narcotráfico; pero orientada en la práctica a asegurar sus intereses estratégicos en la región.
El Destino Manifiesto constituyó uno de los pilares ideológicos más influyentes en la formación del poder político, territorial y militar de EEUU. Surgido en el siglo XIX desde la convicción que esa nación está predestinada histórica y moralmente a expandirse no solo sobre el territorio continental norteamericano, sino también a ejercer una influencia decisiva sobre el resto del hemisferio occidental.
El término fue formulado en 1845 por el periodista John L. O’Sullivan, quien escribió que era el “destino manifiesto de los Estados Unidos expandirse por el continente que la Providencia ha asignado para el desarrollo del gran experimento de la libertad”. Esta afirmación, lejos de una simple opinión periodística, condensó la visión profundamente arraigada en la élite política estadounidense que la historia, la moral y Dios mismo legitimaban expansión territorial e imposición de su modelo político, económico y cultural.
Expansión militar legitimada por un discurso moralizante
Así, la expansión no se concebía como agresión, sino como misión civilizadora. El entonces presidente James K. Polk expresó que “(…) la expansión es necesaria para garantizar seguridad y progreso (…)”. Esa concepción jerárquica, clasista y supremacista justificó el despojo de sus propios pueblos originarios.
Luego se proyectó a otra retórica, la Doctrina Monroe (1823), que establece “(…) cualquier intervención de los europeos en América sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de los Estados Unidos de América (…)”. Desarrolla el pensamiento “(…) América tiene un Hemisferio para sí misma (…)”.
Así, anexaron 1845 a Texas, Oregón y California. Invadieron México en 1846 y se apropiaron de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma. En total 2 millones 100 mil kilómetros cuadrados, el 55 % del territorio mexicano de entonces; inaugurando un patrón histórico de expansión armada respaldado por un discurso moralizante, como instrumento legítimo sobre otras naciones latinoamericanas consideradas incapaces de gobernarse por sí mismas; institucionalizando su derecho a injerencia, sobornos, traiciones, ocupaciones militares, golpes de Estado, guerras indirectas, sanciones, presión económica, crímenes de lesa humanidad, secuestro, tortura y terrorismo de Estado. Lógica que aún les perdura.
Esa es la raíz de su mentalidad criminal unipolar que no solo produce daños materiales y humanos, sino que persigue erosionar la identidad, quebrantar la dignidad y subordinar la soberanía de nuestros pueblos. Frente a ello, la respuesta latinoamericana ha sido y debe seguir siendo doctrinaria, política y técnica: afirmar quiénes somos, defender el derecho a decidir y convertir esa decisión en desarrollo humano sostenible.
Después de México interviene militarmente en la separación de Panamá de Colombia en 1903, las ocupaciones a Panamá en 1908, 1918, 1941 y la invasión de 1989; la ocupación de Cuba entre 1906 y 1909 la invasión en 1961 y el vigente bloqueo; las ocupaciones de Nicaragua entre 1912 y 1933, la intervención en los 80 y la intentona de golpe de Estado de 2018; la ocupación de Haití desde 1915 hasta 1934, la invasión de 1994 y las desestabilizaciones de 2004.
La ocupación de la República Dominicana entre 1916 y 1924 y el apoyo a represiones en 1965; el apoyo contrainsurgente a Guatemala en 1966; el apoyo contra la guerrilla de El Salvador en 1980; la Operación Cóndor en los 70 y 80 que apoyaba a las dictaduras de Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina para identificar, asesinar y desaparecer a los subversivos; la invasión de Grenada en 1983.
Los golpes de Estado en Venezuela (2002), en Bolivia (2008), en Ecuador (2010); el secuestro del Presidente hondureño (2009), los golpes parlamentarios de Paraguay (2012) y Brasil (2016), el intento de magnicidio del presidente venezolano Nicolás Maduro (2018) y su reciente secuestro junto a su esposa en 2026.
La segunda independencia
América Latina busca completar liberarse de la dominación estructural; económica, financiera, cultural, comunicacional y geopolítica. El Neocolonialismo es la fase moderna de dominación que reemplazó al colonialismo clásico. No requiere administración territorial directa: opera mediante dependencias económicas, tutelaje político, gobiernos a distancia, hegemonía cultural-comunicacional y coerción jurídica-financiera, limitando la autodeterminación y menoscabando la soberanía.
La lógica persistente del neocolonialismo es impedir proyectos soberanos con la hegemonía de los medios de comunicación y el secuestro de la verdad con tendencias que persigue destruir la estabilidad, con distracción mediática y el rapto de la psiquis.
La Segunda Independencia es una doctrina de emancipación integral orientada a la autodeterminación, la dignidad y la soberanía efectiva, traducidas en desarrollo humano. Tiene un auge regional en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que nace en 2010–2011 como resultado de décadas de reflexión latinoamericana frente al intervencionismo, el neocolonialismo y la fragmentación regional.
Su creación responde a construir una arquitectura política propia. No es solo un mecanismo diplomático, sino una decisión histórica de identidad regional, que rompe con la lógica de subordinación implícita en otros espacios interamericanos.
Identidad: escudo de soberanía
La identidad latinoamericana es una construcción histórica forjada en la resistencia a la conquista, al colonialismo y al intervencionismo moderno que busca desarraigar la memoria para facilitar la dominación. La Soberanía es la capacidad real que cada Estado del mundo multipolar tiene para decidir sin coerción. El conocimiento y apropiación de la historia propia -principalmente en la juventud- es el mejor recurso para aminorar esa vulnerabilidad. Líderes regionales comprendieron este vínculo.
Bolívar pensó en la unidad y complementariedad latinoamericana. Advierte que “(…) sin Estados fuertes y cooperación regional, las repúblicas quedarían expuestas a injerencias externas y a subordinación económica y política (…)”. Su antimperialismo no es retórico: es programático y geopolítico. En la Carta de Jamaica, alerta sobre el destino de América si permanece dividida y dependiente, y subraya la necesidad de instituciones propias capaces de proteger la libertad conquistada.
Otra advertencia latinoamericana temprana la hizo José Martí: “(…) Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David (…)”. Para Martí, conocer las lógicas del poder externo es condición para gobernarse con dignidad; traducido hoy, ello implica políticas públicas que amplían capacidades y consolidan soberanía.
Sandino convirtió la identidad nacional en principio de lucha, afirmando que la patria no se negocia, determinando que la identidad de América se recupera desde la memoria de los pueblos originarios, de las luchas independentistas y los procesos antiimperialistas donde demostró posible la derrota mercenaria. La defensa de la soberanía la ejerce la ideología de la conciencia y el honor.
Desde esta perspectiva, la identidad es infraestructura política, es legislación anti-injerencia, es control de nuestros recursos estratégicos y la defensa jurídica internacional. Es cohesión social, autonomía fiscal y otras formas de sostenibilidad alimentaria, productiva, ambiental que nos reducen dependencias, así como justas relaciones entre naciones hermanas.
Dignidad: autodeterminación de los pueblos
Los pueblos que nos regimos por nuestra dignidad estamos orientados al bien común y al bienestar común antes que el individual. Las políticas públicas de dignidad son aquellas que reconocen a la persona y a los pueblos como sujetos de derechos, no como objetos de asistencia ni de tutela externa. La dignidad expresa ése valor de los pueblos.
El intervencionismo salvaje pisotea la dignidad al presentar a las naciones como incapaces de gobernarse. Reivindicar la dignidad implica, entonces, rechazar la normalización de la injerencia y afirmar que ningún proyecto externo puede imponerse como salvación.
La autodeterminación es el derecho de cada país a definir su propio modelo político-económico y cultural. Basado en decisiones estratégicas, particularmente en un enfoque mayoritario a la erradicación de la miseria y cerrar las brechas de la pobreza.
En las naciones revolucionarias como la nuestra, el mayor instrumento es la democracia directa participativa con auditoría, opinión y consulta social; entonces, la dignidad se materializa cuando las políticas públicas priorizan la vida, la justicia social y la inclusión; cuando el desarrollo es derecho y no concesión. Como complemento, la institucionalidad, la planificación, el orden, el control, la eficiencia y la transparencia combinan el éxito de nuestros modelos hacia altos índices de satisfacción ciudadana, esperanza a futuro, confianza en la gobernabilidad y motivación a aprovechar las oportunidades de crecimiento.
La paz: evidencia cívica de la estatura moral de los pueblos
La base de todo desarrollo es la paz para ampliación de capacidades de educación, salud, ingresos dignos, ambiente sano, cultura, emprendedurismo, innovación, investigación, calidad de convivencia y balance de deberes y derechos. La paz que sobrepasa todo entendimiento es la cuna del bienestar, la productividad y la inclusión. La paz es fruto del espíritu que vuelve grandes a los pueblos de América.
Conservamos el espíritu de nuestros antepasados. La sabiduría heredada nos enseña a atesorar la paz, y a cultivarnos en valores junto a otros frutos: fe y paciencia. La grandeza entre los pueblos de América se mide por el respeto a las formas que cada uno se procura a favor del desarrollo humano con independencia y dignidad.
Particularmente, la de los pueblos revolucionarios como el nuestro no se mide por la fuerza material, sino por su coherencia ética, la capacidad de sacrificio consciente y la voluntad colectiva de justicia frente a la dominación. Es mayor cuando la solidaridad la unifica, en unidad de espíritu y de intención para repudiar y condenar la ola de terror desencadenada por EEUU desde hace unos meses en el Caribe, y escalada con el secuestro del Presidente de Venezuela junto a su primera dama.
La política exterior gringa carece de moral y por ello es nuestra antagónica natural. Pues la estatura moral en nuestra cosmovisión se alcanza cuando cada pueblo decide no someterse, aun en condiciones de asimetría, y convierte su propia resistencia en proyecto político de dignidad y desarrollo humano; en no traicionar la sangre de nuestros héroes y mártires que son semilla de la decencia y el pundonor que requiere la virtud del trabajo diligente, la construcción cívica de una Nación diversa, tolerante e incluyente.
¡Nuestra estatura moral está dictada por conservar nuestra opción preferencial por los más débiles sin descuidarnos, vendernos ni rendirnos jamás!
(*) Especialista en Políticas Públicas.